Hay jugadores que pasan a la historia de los Pittsburgh Steelers por sus touchdowns, sus intercepciones, sus sacks o sus anillos de Super Bowl, y luego están los que dejan una historia mucho más difícil de resumir. John Rienstra pertenece a ese segundo grupo.
Cuando los Steelers pronunciaron su nombre en el Draft de 1986, lo hicieron muy pronto, demasiado pronto, según se encargaría de recordar la historia durante años. Pittsburgh seleccionó al guard de Temple con el número 9 absoluto, convirtiéndolo en el primer jugador de la línea ofensiva elegido por la franquicia en el top 10 desde que Chuck Noll había llegado al equipo.
Aquella elección tenía sentido sobre el papel. Rienstra era enorme, atlético, tremendamente fuerte y había sido All-American en Temple, además de campeón universitario de powerlifting. En el Combine registró cifras que todavía hoy llaman la atención para un liniero ofensivo: 40 repeticiones en press de banca, un salto vertical de 38,5 pulgadas y un tiempo no oficial de 4,68 segundos en las 40 yardas.
El problema fue que Pittsburgh no estaba seleccionando simplemente a un jugador, sino al que esperaba que fuera una estrella, y John Rienstra iba a descubrir muy pronto lo que significaba cargar con ese peso.
El chico que no parecía destinado a ser un liniero
John William Rienstra nació el 22 de marzo de 1963 en Grand Rapids, Michigan. De niño practicó prácticamente cualquier deporte que se cruzara en su camino: fútbol americano, béisbol, hockey y lucha. Su familia se trasladó a Colorado cuando tenía 13 años y, poco después, terminó estudiando en la Academy of the New Church, en Pensilvania.
Allí comenzó a destacar jugando como defensive end, aunque también podía actuar como tight end. En 1981 fue elegido MVP del Montgomery County High School All-Star Game después de registrar un sack y una intercepción, aunque él mismo reconocería años después que probablemente era mejor luchador que jugador de fútbol americano.
Lo que sí tenía era una capacidad de trabajo casi absurda, algo que llamaba poderosamente la atención de cualquiera que trabajara con él. Temple University le ofreció una beca y Rienstra llegó a Philadelphia para jugar con los Owls. Fue allí donde apareció una persona fundamental en su vida: Lincoln Gotshalk, entonces estudiante de posgrado y entrenador de powerlifting.
Gotshalk descubrió que aquel joven de enorme energía podía convertirse en un atleta extraordinario. Rienstra pesaba alrededor de 215 libras cuando comenzó a trabajar con él, pero en poco tiempo pasó a 250 y después a 260 libras, mientras aumentaba simultáneamente su fuerza y velocidad hasta llegar a levantar 545 libras en press de banca. Su transformación fue espectacular; Temple había encontrado un jugador de línea y el resto del fútbol universitario empezó a darse cuenta.
Bruce Arians, Temple y el nacimiento del “Raging Rhino”
El último entrenador universitario de Rienstra fue Bruce Arians, el mismo que décadas después acabaría ganando el Super Bowl como entrenador de los Tampa Bay Buccaneers. Arians y Gotshalk ayudaron a convertir a Rienstra en uno de los mejores linieros ofensivos universitarios del país.
En 1984 y 1985 fue elegido First-Team All-East, y en 1985 se convirtió en el primer jugador de la historia de Temple en ser seleccionado como First-Team All-American por Associated Press. También terminó segundo en la votación del Outland Trophy, que reconoce al mejor liniero interior del fútbol universitario, motivando que Temple acabara incluyéndolo en su Hall of Fame en 1997.
Pero había algo más: Rienstra no era simplemente grande, sino explosivo. Según recordaría Gotshalk años después, podía realizar un backflip o un frontflip estando completamente parado, e incluso en un entrenamiento llegó a lanzar un balón unas 85 yardas.
Su combinación de tamaño, fuerza y velocidad llamó la atención antes del Draft, atrayendo también a una industria que en los años ochenta había convertido a algunos jugadores de fútbol americano en auténticas caricaturas. A Rienstra le pusieron un apodo perfecto: The Raging Rhino (El Rinoceronte Furioso).
La imagen era fácil de vender: un guard de casi 1,96 metros y más de 120 kilos que atacaba a los defensive linemen como si quisiera atravesarlos. Los hermanos Costacos, famosos por sus extravagantes pósters deportivos, realizaron una sesión promocional con Rienstra en un zoológico de Seattle, donde el jugador apareció con un casco al que habían añadido cuernos de rinoceronte. Era 1986 y John Rienstra parecía destinado a convertirse en una estrella.

El número 9
El Draft de 1986 fue uno de los más extraños de la historia de la NFL. El primer elegido fue Bo Jackson, y ocho elecciones después, los Steelers seleccionaron a John Rienstra. Entre ambos quedaron nombres como Tony Casillas, Jim Everett, Jon Hand, Anthony Bell, Jim Dombrowski, Brian Jozwiak y Leslie O’Neal.
Pittsburgh había encontrado a su hombre en una elección trascendental. Los Steelers habían dominado la década de los setenta, pero aquella época había quedado atrás; el equipo de Chuck Noll llevaba años intentando reconstruirse y no tenía muchas oportunidades de seleccionar tan arriba.
Desde la llegada de Noll en 1969, Pittsburgh sólo había elegido en pocas ocasiones entre los diez primeros del Draft, siendo Rienstra una de ellas junto a selecciones históricas como Joe Greene o Terry Bradshaw (y, un año más tarde, Rod Woodson en 1987). La expectativa era enorme, y para Rienstra, aquella presión se convirtió rápidamente en una carga.
El enemigo que nadie podía ver
Hay una parte de la historia de John Rienstra que resulta fundamental para comprender su carrera: el problema no era únicamente el fútbol americano, sino la ansiedad. Rienstra había sufrido ataques de pánico desde sus primeros años en Temple y, según contó décadas después, podía llegar a vomitar antes de un partido porque era la única forma que encontraba de aliviar la tensión.
En la NFL, la situación empeoró. La presión de ser una elección de primera ronda, la exigencia de Chuck Noll y la necesidad de demostrar constantemente que merecía el número 9 hicieron que aquella ansiedad se convirtiera en una batalla diaria, provocando que el cuerpo comenzara a pagar la factura.
Los problemas psicológicos se manifestaron físicamente, especialmente en forma de úlceras, por lo que Rienstra tuvo que ser hospitalizado en varias ocasiones e incluso someterse a intervenciones quirúrgicas. De hecho, su primera temporada en Pittsburgh empezó de la peor manera posible al no poder jugar el primer partido por una úlcera sangrante. Los Steelers perdieron aquel encuentro ante Seattle por 30-0; para un jugador elegido con el número 9 del Draft, no podía haber peor comienzo, pero Rienstra siguió adelante.
Chuck Noll empezó a entenderlo
Al principio, Rienstra y Noll no tuvieron una relación sencilla. El entrenador de los Steelers era conocido por su carácter extremadamente exigente, y Rienstra era precisamente el tipo de jugador sobre el que un entrenador podía depositar enormes expectativas. Sin embargo, Noll acabó comprendiendo que detrás de aquella enorme masa muscular había un jugador que se estaba exigiendo hasta límites difíciles de imaginar.
En 1987, Noll reconoció que el peso de ser una elección de primera ronda podía ser demasiado para un jugador joven, explicando que Rienstra era extremadamente intenso y que los errores le afectaban profundamente. Aquella declaración ayuda a entender la paradoja de su carrera: el mismo rasgo que lo había convertido en All-American —su obsesión por trabajar, mejorar y no rendirse— también se convertía en su enemigo, pues Rienstra no sabía jugar a medio gas.
Cinco años en Pittsburgh
Los números de su carrera no son los de una estrella, pero tampoco los de un jugador que simplemente desapareció. Rienstra disputó cinco temporadas con Pittsburgh y posteriormente otras dos con Cleveland, acumulando un total de 65 partidos en la NFL, 48 de ellos como titular.
Su mejor temporada en términos de continuidad llegó en 1989, cuando fue titular en 14 de los 15 partidos que disputó, formando parte de una línea ofensiva que incluía nombres como Tunch Ilkin, Dermontti Dawson y John Jackson. No era un jugador de Pro Bowl ni una superestrella, pero estaba haciendo algo que, visto con perspectiva, resulta mucho más importante: aguantar.
En una época en la que los entrenamientos de la NFL eran muchísimo más físicos que los actuales, Rienstra acumuló lesión tras lesión en la rodilla, el hombro y diversas zonas del cuerpo, pero siempre volvía. En 1990, una lesión de rodilla le hizo perderse varios encuentros, demostrando que el “Raging Rhino” hacía honor a su apodo.

El salto a Cleveland
Después de cinco temporadas en Pittsburgh, Rienstra continuó su carrera en Cleveland, donde apareció otra figura que con el tiempo se convertiría en una de las más importantes de la historia de la NFL: Bill Belichick.
Rienstra jugó para Belichick durante sus dos últimas temporadas como profesional. En 1991 fue titular en los 16 partidos de los Browns, y en 1992 disputó otros siete encuentros (cinco como titular). Sin embargo, su cuerpo ya estaba al límite y, en 1992, con apenas 29 años, varias lesiones en los manguitos rotadores terminaron por poner punto final a su carrera.
El jugador que había llegado a la NFL como un atleta extraordinario se marchaba después de siete temporadas y 65 partidos, sin haber cumplido las expectativas asociadas al número 9. Durante años, ésa fue prácticamente toda la historia que quedó asociada a John Rienstra: la del gran “bust” o el pick de primera ronda que no salió bien, aunque la realidad era mucho más compleja.
¿Fue realmente un fracaso?
Aquí es donde la historia de Rienstra merece una segunda mirada. Los propios Steelers han señalado en distintas ocasiones a Rienstra como uno de los errores de primera ronda de la era Chuck Noll; en una retrospectiva publicada por Steelers.com, Bob Labriola lo incluyó expresamente entre las elecciones fallidas del entrenador. Desde el punto de vista de la expectativa de un número 9, es difícil discutirlo, especialmente considerando que al año siguiente Pittsburgh draftearía en el top 10 a una leyenda como Rod Woodson.
Sin embargo, reducir la historia de Rienstra a un mero fracaso resulta injusto, ya que jugó siete años en la NFL, fue titular 48 veces, completó una temporada entera como titular en Cleveland y pagó un precio físico enorme por ello.
Según una entrevista publicada por Summit Daily en 2020, Rienstra había pasado por más de 20 operaciones importantes, incluyendo intervenciones en ambos hombros, dos reemplazos de cadera y problemas graves en rodillas, tobillos, pies, costillas y codos. La etiqueta de «fracaso» se queda muy corta al conocer semejante trasfondo.
El precio de jugar como se jugaba entonces
Rienstra pertenece a una generación de jugadores que creció bajo una filosofía muy diferente a la actual, donde los entrenamientos eran violentos, los golpes constantes y admitir dolor podía significar perder el puesto. Él mismo resumió aquella mentalidad años después: los jugadores eran tratados como caballos de carreras, debían cumplir su cometido y no podían mostrar debilidad.
Llegó a mencionar una cifra estremecedora: un neurólogo le estimó hasta 300 conmociones cerebrales a lo largo de su vida deportiva. Aunque es una cifra imposible de verificar retrospectivamente y debe tomarse como una estimación relatada en dicha entrevista, refleja los problemas de memoria y el temor al deterioro cognitivo que él mismo sufría, conociendo de cerca el trágico destino de algunos de sus antiguos compañeros.
Mike Webster, Terry Long y Justin Strzelczyk
Rienstra compartió vestuario en Pittsburgh con Mike Webster, Terry Long y Justin Strzelczyk. Los tres fallecieron años después de retirarse, y los análisis post mortem revelaron que padecían encefalopatía traumática crónica (CTE).
Webster, miembro del Pro Football Hall of Fame, fue el primer exjugador de la NFL en recibir un diagnóstico de CTE tras su muerte, una historia que se convirtió en la pieza central de las investigaciones del doctor Bennet Omalu. Para Rienstra, haber compartido vestuario, entrenamientos e impactos con ellos hacía que el panorama resultara especialmente inquietante, al ver cómo sufrían las consecuencias de una época en la que no se comprendían los efectos de los traumatismos craneales.
En 2020, Rienstra confesaba temer que su futuro se asemejara al de sus antiguos compañeros. Aunque no afirmaba tener un diagnóstico definitivo de CTE —imposible de diagnosticar en vida—, reconocía sufrir fallos de memoria y haber recibido advertencias médicas sobre su deterioro cognitivo. Es una de las partes más duras de su vida, pero tampoco fue la última, porque después del fútbol llegó una etapa sorprendente.
El hombre que encontró a Joe Keller
En julio de 2015, Joe Keller, un joven de Tennessee de 18 años, desapareció mientras corría cerca del Rainbow Trout Ranch, en el Rio Grande National Forest de Colorado. Las búsquedas se prolongaron durante meses con helicópteros, perros, voluntarios y brigadas de salvamento, pero el terreno, enorme y accidentado, no ofreció pistas.
Un año después, el 6 de julio de 2016, John Rienstra se encontraba en la zona. Ya no era un jugador de fútbol americano, sino un corredor de resistencia y aficionado a las labores de búsqueda y rescate que decidió buscar por su cuenta.
Rienstra analizó una zona de acantilados y terreno rocoso que consideró lógica para la búsqueda. Tras aproximadamente una hora de ascenso bordeando la base de los acantilados, encontró los restos de Keller en un lugar de tan difícil acceso que los equipos de rescate tuvieron enormes complicaciones para recuperarlos.
Habían pasado casi doce meses de incertidumbre para la familia Keller, y fue un antiguo guard de los Pittsburgh Steelers quien finalmente aportó las respuestas.
El Rinoceronte después del fútbol
Hay algo poético en que Rienstra terminara encontrando a Joe Keller. Durante años había sido un hombre que avanzaba de frente contra cualquier obstáculo: los defensive linemen en el campo, cientos de kilos en el gimnasio, la presión en la NFL, sus propias lesiones y, finalmente, un terreno montañoso que había derrotado a equipos enteros de búsqueda.
Su vida posterior fue mucho más sencilla. Trabajó durante años como ejecutivo de operaciones en una cadena de tiendas de neumáticos y, tras trasladarse con su esposa Tammy a Frisco, Colorado, ejerció como contratista, handyman y jardinero, pintando casas, reformando baños, cuidando jardines y retirando nieve.
Era una vida alejada de los focos donde apenas hablaba con sus clientes de su pasado profesional; el casco con cuernos de rinoceronte y algunos recuerdos guardados eran los únicos vestigios visibles de aquella etapa.
El número 9 que no debe olvidarse
Cuando los aficionados de los Steelers repasan las elecciones del Draft de 1986, el nombre de John Rienstra rara vez aparece entre los primeros destacados. Es comprensible considerando el impacto histórico de selecciones posteriores como Rod Woodson en 1987, pero la historia de Rienstra no debería medirse únicamente por lo que hizo vistiendo el número 79.
Existió un John Rienstra previo al Draft: el atleta que pasó de 215 a 260 libras, el campeón de powerlifting, el All-American de Temple y el liniero capaz de correr las 40 yardas en 4,68 segundos con más de 120 kilos.
Y existió también un John Rienstra posterior a la NFL: el hombre que cargó durante décadas con las secuelas físicas de su época, el compañero que vio el impacto de los golpes en sus amigos y el rescatista que recorrió una montaña hasta encontrar a un joven desaparecido.
Quizá ésa sea la mejor manera de recordarlo: no como la elección número 9 que no alcanzó las expectativas, sino como el Raging Rhino, un jugador que no llegó a ser la estrella que Pittsburgh esperaba, pero que jamás dejó de avanzar, ni siquiera cuando se apagaron los focos del estadio.
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