La historia de los Steelers y los Pirates constituye uno de los fenómenos más singulares del deporte profesional estadounidense. En pocas ciudades norteamericanas puede encontrarse una relación tan profunda entre dos franquicias pertenecientes a disciplinas distintas y, al mismo tiempo, tan estrechamente vinculadas por una identidad urbana compartida.
Verbigracia, aunque los Giants y los Yankees representan dos de las marcas deportivas más valiosas y conocidas del mundo, jamás compartieron propietarios, denominación, estadio de manera estable ni una narrativa institucional convergente, siendo el vínculo entre ambos esencialmente geográfico. Algo parecido ocurre con Detroit. Tanto Tigers como Lions representan igualmente a una ciudad industrial profundamente identificada con sus equipos profesionales. Sin embargo, tampoco existió entre ellos una integración institucional comparable. Los Tigers surgieron en el siglo XIX como equipo de béisbol, mientras que los Lions llegaron posteriormente desde Portsmouth, Ohio, como una franquicia trasladada. Nunca compartieron nombre, propietarios estables, ni una infraestructura común durante varias décadas. Y qué decir de los Rams y los Dodgers, sin duda dos de las organizaciones más importantes del deporte estadounidense que comparten área metropolitana. Para empezar, ninguna de ellas nació en Los Angeles, procediendo los Dodgers de Brooklyn, donde desarrollaron su identidad histórica hasta su traslado al oeste en 1958. Del mismo modo, los Rams se fundaron en Cleveland, se trasladaron posteriormente a Los Angeles, después a St. Louis, y sólo regresaron a California en 2016. Por consiguiente, la coexistencia actual de ambas franquicias es el resultado de trayectorias independientes y de decisiones empresariales distintas, no de una construcción común de identidad urbana.
Existe además una diferencia sociológica fundamental. Pittsburgh es una ciudad media, históricamente dominada por una única identidad industrial y una población relativamente homogénea desde el punto de vista socio-cultural. Ello favoreció que Steelers, Pirates y posteriormente Penguins fueran percibidos como instituciones representativas de toda la comunidad. En cambio, Los Angeles, Nueva York o Miami son gigantescas metrópolis policéntricas, multiculturales y fragmentadas, con múltiples identidades locales y numerosas franquicias profesionales compitiendo por la atención pública.
Volviendo al Allengheny, durante buena parte del siglo XX, ambas organizaciones no sólo coexistieron en el mismo espacio geográfico, sino que llegaron a compartir nombre, instalaciones, aficionados, intereses económicos y una misma función simbólica: representar a Pittsburgh ante el país. Esa conexión alcanzó una expresión casi perfecta en la figura de Rex Johnston, un deportista hoy relativamente olvidado, pero que conserva un lugar único en la historia del deporte estadounidense por haber sido el único jugador que llegó a vestir profesionalmente las camisetas de ambas franquicias. Nos ocuparemos de él más adelante.
En este sentido, no es excepcional que un altísimo porcentaje de los jugadores de la NFL que practican otro deporte profesional se decanten por el baseball. Y es que la estructura de la temporada de la Major League Baseball (MLB) –entre el primer domingo de abril y la primera semana de noviembre- es la que mejor se compatibiliza con la temporada de football, solapándose únicamente los meses de septiembre y octubre. Por todos, se impone recordar a Deion Sanders, quien no se contentó con practicar al máximo nivel profesional estos dos deportes, sino que en uno de ellos, el football, fue capaz de destacar como cornerback, running back, wide receiver, kick returner y punt returner. Una esquizofrenia deportiva que le llevó a ser el único ser vivo en anotar una o más carreras (martes 5 de septiembre de 1989, Kingdon Stadium, frente a Mariners) y un touchdown (domingo, 10 de septiembre de 1989, Atlanta-Fulton County Stadium, frente a los Rams) en la misma semana; a ser el único jugador en disputar una Super Bowl (XXIX y XXX) y unas World Series (1992); en convertirse en uno de los dos únicos jugadores en la historia (el otro es Bill Dudley) en anotar un touchdown de seis maneras diferentes: interceptando, retornando un punt, retornando un kickoff, recibiendo, corriendo y recuperando un fumble a la vez que liderar la clasificación de Triples en una temporada de la NL con 14; a que cuando la especie de los Sixty-Minute Man parecía extinguida del turf con la retirada de Chuck Bernardik en 1962, Sanders tomara el testigo y se convirtiera en 1996 en el único jugador titular en la formación ofensiva y defensiva de los Cowboys en los últimos treinta y cuatro años. Finalmente, para esclarecer de una vez por todas leyendas urbanas, el 11 de octubre de 1992, tras aterrizar en Pittsburgh a bordo de un vuelo privado procedente de Miami, donde a las 16.00 horas locales acaba de perder frente a los Dolphins con el dorsal 21 de los Falcons, con una sola recepción y nueve yardas, llegó al Three Rivers Stadium con el tiempo justo para ponerse la chaqueta 24 de los Braves, en el mismo vestuario que el día anterior se había vestido para jugar contra los Pirates, en las Series de Conferencia de la National League, cuyo quinto partido comenzaba a las 20.44 horas. Bobby Cox, el HC de los Braves, es el único responsable de que Sanders no fuese el único deportista en jugar en el mismo día dos partidos profesionales de baseball y football. No ha habido otro como Deion Sanders, en efecto, pero sólo nuestro Rex Johnston jugó a las dos diciplinas en la misma ciudad.

Volvamos a Pittsburgh. Todos conocemos ya la historia, en 1933 Art Rooney Sr. obtuvo una franquicia de la NFL mediante el pago de una cuota de apenas 2.500 dólares. Lejos de buscar una identidad completamente nueva, decidió aprovechar el enorme arraigo popular del equipo de béisbol de la ciudad y bautizó a su nueva escuadra con el nombre de Pittsburgh Pirates. No era una decisión extravagante para la época. Otras franquicias de fútbol americano utilizaban también los nombres de los equipos de béisbol de sus respectivas ciudades con el fin de beneficiarse de su notoriedad y consolidación social. Sin embargo, en Pittsburgh aquella coincidencia acabó adquiriendo un significado especial.


Los primeros Pirates de football disputaban además sus encuentros en el Forbes Field, estadio inaugurado en 1909 por el equipo de béisbol bajo el liderazgo de Barney Dreyfuss, verdadero pionero del béisbol moderno. Se construyó en el distrito de Oakland de la ciudad y recibió su nombre en honor a John Forbes, el general de la Guerra Franco-India que capturó el Fuerte Duquesne en 1758 y lo renombró como Fuerte Pitt. Durante años, miles de ciudadanos acudieron al mismo recinto para presenciar partidos de las dos disciplinas con idéntico fervor. Las mismas gradas que habían contemplado las hazañas de las leyendas del béisbol acogían también los esfuerzos de una joven franquicia que luchaba por sobrevivir en una NFL todavía en proceso de consolidación.



Tras la muerte de Dreyfuss, la propiedad permaneció en el entorno familiar a través de Florence W. Dreyfuss, hasta que en 1946 el control pasó a John W. Galbreath, protagonista de una de las etapas más exitosas de la historia de la franquicia. Galbreath se hizo millonario en el desarrollo inmobiliario comercial, construyendo rascacielos en Estados Unidos y en el extranjero. A partir de 1950 adquirió el control mayoritario de la franquicia, siendo el principal propietario de los Pirates hasta 1985, periodo en el que el equipo ganó tres campeonatos de la Serie Mundial, en 1960, 1971 y 1979. En este último año, Galbreath fue el primer propietario en superar la llamada «Marca del Millón de Dólares» cuando firmó a Dave Parker con un contrato de varios años. Durante su mandato, los Pirates también seleccionaron al miembro del Salón de la Fama Roberto Clemente procedente de los Brooklyn Dodgers en el draft de 1954.

Es llamativo advertir la sincronicidad entre Pirates y Steelers hasta en aspectos no estrictamente deportivos. En 1935, Galbreath fundó Darby Dan Farm cerca del arroyo Darby en Galloway, Ohio. En 1949, compró la propiedad principal de 650 acres de Idle Hour Stock Farm en Kentucky y la renombró Darby Dan Farm. John W. Galbreath es uno de solo cuatro hombres que han competido tanto con un ganador del Kentucky Derby como con uno del Epsom Derby. A principios de los años 50, fue presidente de la Greater New York Association, y durante su mandato, supervisó la construcción del nuevo hipódromo Aqueduct y la extensa reconstrucción de Belmont Park.
Pues bien, de todos es conocida la umbilical relación de la familia Rooney con el turf. Art J. Rooney Sr. era un apasionado apostador y un estudioso de las carreras. En el verano de 1936, tuvo una racha legendaria en el hipódromo de Saratoga en Nueva York. Utilizando su conocimiento y analizando las probabilidades, Rooney ganó una cifra estimada en $160,000 dólares en un solo fin de semana (lo que equivale a unos $3 millones de dólares actuales), capital necesario para mantener a flote al equipo, pagar las operaciones y contratar talento en una época en la que el gridiron profesional apenas sobrevivía.
A medida que la fortuna de la familia creció, los Rooney pasaron de ser apostadores a magnates de la industria de las carreras, adquiriendo múltiples pistas a lo largo de Estados Unidos, como la de Yonkers Raceway en 1972, gestionada por Timothy J. Rooney durante décadas, modernizándola e introduciendo apuestas simuladas a nivel internacional y terminales de lotería de video (creando el Empire City Racino) hasta su venta en 2019. Cada año se corre allí el prestigioso Art Rooney Pace en honor al patriarca. La familia también poseyó los hipódromos de Liberty Bell Park en Pensilvania y Green Mountain en Vermont, además del exitoso Palm Beach Kennel Club (galgos) en Florida.

En 1948, Art Rooney Sr. fundó Shamrock Farm en Woodbine, Maryland. Esta propiedad de colinas rurales se convirtió en un pilar de la hípica de la región central del Atlántico estadounidense, especializándose en la cría y descanso de caballos de carrera pura sangre (Thoroughbreds) y trotones (Standardbreds).

Actualmente, Tom Rooney (nieto de Art Sr. y excongresista de los Estados Unidos) mantiene vivo el legado ecuestre de la familia, no en vano es el actual Presidente y CEO de la National Thoroughbred Racing Association (NTRA), la organización que rige y defiende los intereses de la industria de las carreras de pura sangre en Washington D.C.., manteniendo la coadministración de la histórica granja familiar Shamrock Farm en Maryland, donde sigue criando caballos.
Mientras tanto, la organización de fútbol adoptó en 1940 el nombre de Pittsburgh Steelers, resultado de un concurso popular que pretendía reforzar la identificación del club con la principal actividad económica de la región.
Desde una perspectiva económica, la colaboración entre ambas franquicias produjo beneficios considerables para la ciudad. Inicialmente, el aprovechamiento conjunto del Forbes Field permitió a la franquicia de fútbol desarrollarse sin afrontar los costes de una instalación propia. Más adelante, esta lógica alcanzó su máxima expresión con el Three Rivers Stadium, inaugurado en 1970 con una inversión aproximada de 55 millones de dólares. Diseñado específicamente para albergar béisbol y fútbol americano, el recinto constituyó un ejemplo paradigmático de economías de escala aplicadas al deporte profesional. Durante tres décadas fue simultáneamente hogar de los Pirates y de los Steelers, optimizando recursos públicos y privados.


La importancia económica de esta coexistencia se manifestó también en la construcción de una auténtica marca urbana. Durante las décadas centrales del siglo XX, Pittsburgh era identificada nacionalmente con la siderurgia, la contaminación industrial y las grandes acerías. Sin embargo, el éxito deportivo de ambas franquicias contribuyó decisivamente a transformar esa imagen, de manera que a partir de los años setenta, Pittsburgh comenzó a proyectarse también como una ciudad campeona, competitiva y orgullosa de sí misma.


La década de 1970 fue, en este sentido, irrepetible. Los Pirates conquistaron las Series Mundiales de 1971 y 1979, mientras los Steelers obtenían cuatro títulos en 1974, 1975, 1978 y 1979. La coincidencia de ambos ciclos victoriosos generó el nacimiento de la expresión “City of Champions”, que pronto se convirtió en uno de los elementos centrales de la identidad colectiva de la ciudad. Resulta especialmente significativo que estos éxitos se produjeran cuando la industria siderúrgica comenzaba su declive y Pittsburgh afrontaba profundas transformaciones económicas. Los equipos deportivos ofrecieron entonces un nuevo motivo de orgullo comunitario en medio de la incertidumbre social.

Es precisamente en este contexto histórico donde adquiere relevancia la figura de Rex Johnston. Nacido en 1937 en Colton, California, Johnston destacó desde muy joven por una extraordinaria versatilidad atlética. En la University of Southern California brilló simultáneamente en fútbol americano y béisbol. Como corredor universitario acumuló 674 yardas terrestres y llegó a liderar a USC en carrera durante la temporada de 1957. En béisbol alcanzó incluso mayor notoriedad, bateando .374 en 1958 y formando parte del equipo que conquistó la College World Series, una de las competiciones universitarias más prestigiosas del país.

Estrella de dos deportes en Southern Cal a finales de los años 50, los Pirates pusieron sobre la mesa 40.000 dólares para firmarlo. Después de superar dos temporadas discretas en ligas menores, alguien de los Steelers pensó que quizá podría haber sido mejor jugador de fútbol americano y le invitó a hacer una prueba. Según recordaría años después, pidió autorización a Branch Rickey Jr., responsable del desarrollo de jugadores de los Pirates. La respuesta fue tan sincera como inolvidable: si tenía otra cosa que hacer además de jugar al béisbol, más valía que la hiciera.
Con ese permiso implícito, Johnston probó suerte con los Steelers en la temporada de 1960, portando el número 23, disputando la temporada completa y participando en los doce partidos del calendario desempeñando principalmente tareas de retornador de despejes y kick offs, terminando noveno en la NFL con un notable promedio de retornos de kickoff de 21,8 yardas.
A pesar de su contribución a esos 5-6-1 de 1960, la franquicia no conserva ninguna foto de Rex Johnston con su número 23 en negro y dorado y es que, al unirse al roster tras el campamento de verano, todas las fotos oficiales ya se habían realizado en Latrobe.

Tras ese único año sobre el emparrillado, habida cuenta de que el plantel no necesitaba más corredores al contar ya con John Henry Johnson y Tom Tracy, regresó definitivamente al diamante, alcanzando las Grandes Ligas en 1964. Su paso por la MLB fue breve, no en vano participó sólo en catorce encuentros con los Pirates, fungiendo como jardinero, corredor emergente y bateador suplente. Aunque no consiguió conectar ningún hit en sus siete turnos oficiales al bate, sí logró embasarse por bolas después de que el gran Willie Stargell se cansara de impulsar compañeros con sus hits. Y es que, si los Steelers no necesitaban corredores cuando Johnston llevaba casco, los Pirates no estaban precisamente escasos de talento en el jardín en 1964: Stargell, Clemente, Bill Virdon en el centro y Manny Mota para las últimas entradas. Sea como fuere, le entregaron a Johnston el número 4, que en su día había pertenecido al bateador de homerunes más prolífico de la franquicia hasta la llegada de Stargell, Ralph Kiner (número retirado en 1987). Y recuérdese que en los Steelers vistió el 23, que años después lo usaría el inolvidable Mike Wagner.
A mediados de mayo de ese año Johnston volvió a las ligas menores, y tras jugar 94 partidos con Phoenix de la Pacific Coast League en 1966, estaba a punto de cumplir 29 años y claramente era hora de otra cosa.
«Mi padre tenía problemas de salud y necesitábamos a alguien que le ayudara a llevar su negocio», dijo Rex. «Tuvimos que tomar una decisión. En cuanto a por qué nunca he vuelto a Pittsburgh, supongo que era simplemente porque tenía un negocio que dirigir.» Durante la mayor parte de su vida, Rex dirigió una empresa industrial de pintura que operaba en cuatro estados del Oeste. Falleció en Los Angeles en 2019, a los 82 años.
Durante décadas fue muy popular en los bares de Pittsburgh el chascarrillo que sostenía que Bennie Benack era la única persona que había jugado en los Steelers y los Pirates. Benack era un conocido trompetista de jazz local que asistía con regularidad a los partidos de ambos equipos en los años 60 y 70. Pues no. Johnston sí jugó realmente con ambas franquicias.

Cuando el Three Rivers Stadium desapareció en 2001 y los Pirates y Steelers se trasladaron a sus nuevas sedes, el PNC Park y el Heinz Field/ Acrisure Stadium, respectivamente, concluyó físicamente una larga etapa de convivencia. Sin embargo, la relación construida durante décadas continúa formando parte del imaginario colectivo de Pittsburgh. Y ninguna figura resume mejor esa historia común que Rex Johnston, un deportista cuya carrera apenas ocupa unas líneas en las enciclopedias deportivas, pero que representa como pocos la conexión histórica, económica, emocional y cultural entre dos de las franquicias más emblemáticas del deporte estadounidense.

Sin embargo, la identidad deportiva contemporánea de Pittsburgh no puede explicarse únicamente mediante Steelers y Pirates. La llegada de los Pittsburgh Penguins completó un ecosistema deportivo singular que terminó por integrar a la ciudad en tres de las cuatro grandes ligas profesionales norteamericanas. La franquicia de hockey sobre hielo nació en 1967 como parte de la expansión de la NHL y adoptó su nombre en referencia al característico Civic Arena, conocido popularmente como “The Igloo”. Desde sus primeros pasos, los Penguins se incorporaron con naturalidad a una cultura deportiva local ya profundamente consolidada.


A diferencia de otras áreas metropolitanas donde cada deporte desarrolló comunidades de seguidores relativamente separadas, Pittsburgh generó una notable superposición de aficiones. El mismo ciudadano que apoyaba a los Pirates durante el verano y a los Steelers durante el otoño se convertía también en seguidor de los Penguins durante el invierno. Esta continuidad favoreció la aparición de una verdadera cultura deportiva dorada y negra común, más que de simples mercados deportivos independientes.




En este contexto emerge otra figura esencial: Mario Lemieux. Seleccionado por los Penguins en 1984, no sólo se convirtió en uno de los mejores jugadores de la historia del hockey, sino también en el salvador institucional de la franquicia. Cuando el club atravesó graves dificultades financieras e incluso un proceso de bancarrota a finales de los años noventa, Lemieux transformó cantidades adeudadas en participación accionarial y asumió un papel protagonista en la preservación de la organización. Su intervención evitó escenarios que podrían haber incluido la desaparición o el traslado del equipo fuera de Pittsburgh.
La consolidación posterior de los Penguins terminó de situar a Pittsburgh entre las grandes ciudades deportivas de América del Norte. Las Stanley Cups obtenidas en 1991, 1992, 2009, 2016 y 2017, unidas al liderazgo de figuras como el citado Mario Lemieux o Sidney Crosby y Evgeni Malkin, permitieron extender la reputación internacional de la ciudad mucho más allá del béisbol y del fútbol americano. De hecho, cuando los Penguins ganaron la Stanley Cup en 2009, el mismo año en que Steelers conquistó su sexto Lombardi, la prensa local habló con frecuencia de una nueva edad de oro del deporte pittsburghés. Los Penguins y los Steelers aparecían como los dos grandes embajadores contemporáneos de la ciudad, reproduciendo en cierto modo la asociación que décadas antes habían protagonizado Steelers y Pirates durante la era de la «City of Champions”.

Y finalmente, no se olvide que, en realidad, Pittsburgh sí tuvo baloncesto profesional de primer nivel, aunque nunca consiguiera consolidarlo ni incorporarlo posteriormente a la NBA. Primero con los Rens -de renacimiento- de breve singladura y después con los Pipers, uno de los equipos fundadores de la American Basketball Association (ABA) en 1967. Lejos de ser una franquicia menor, los Pipers ganaron el primer campeonato de la historia de la ABA en 1968, liderados por el gran Connie Hawkins, injustamente proscrito por la todopoderosa NBA. Es decir, el único título profesional de baloncesto de la historia de la ciudad ya existía apenas un año después de la creación del equipo.





Sin embargo, inmediatamente afloró un problema de explotación al no responder el mercado local como esperaban los propietarios al ser un marco económico relativamente pequeño en comparación con mega urbes como Chicago, Nueva York, Miami o Los Angeles que sí disponían de nichos comerciales para los cuatro deportes profesionales. Aunque el equipo era competitivo, la asistencia al Pittsburgh Civic Arena resultó insuficiente pues la ciudad ya estaba emocionalmente dominada por los Pirates y comenzaba a identificarse intensamente con los Steelers. Por añadidura, en 1967 habían nacido también los Penguins. El baloncesto llegó, por tanto, en una ciudad donde tres grandes franquicias competían ya por la atención del público.
El resultado fue paradójico. Apenas unos meses después de ganar el campeonato de la ABA, los Pipers abandonaron Pittsburgh para trasladarse a Minnesota, regresando después con otro apelativo, los Pittsburgh Condors, sin que nunca pudieran recuperar el impulso comercial, desapareciendo en 1972. Cuando la ABA se fusionó con la NBA en 1976, la franquicia de Pittsburgh ya no existía desde hacía cuatro años, por lo que nunca pudo ser absorbida por la NBA junto a equipos como los Denver Nuggets, Indiana Pacers o San Antonio Spurs.


No obstante, la situación podría cambiar en el futuro. En 2024 la Sports & Exhibition Authority del área de Pittsburgh encargó un estudio para evaluar la viabilidad de una franquicia de la NBA o de la WNBA, aprovechando los debates sobre futuras expansiones de ambas ligas. El hecho mismo de que se realizara ese análisis demuestra que la ciudad sigue considerándose un candidato potencial, aunque todavía lejano frente a mercados prioritarios como Seattle o Las Vegas.
Más allá de reflexiones o conclusiones finales, quizá la mejor manera de sintetizar lo que representan estas franquicias para la ciudad y las gentes de Pittsburgh es reproducir lo que sobre ellas dijeron algunos de sus mayores iconos.
Lemieux, que no sabía hablar inglés cuando aterrizó en Pittsburgh, al ganar la Stanley Cup de 1991 dijo:
«This one’s for you, Pittsburgh»
Todos recordamos la frase histórica de Lambert en la ceremonia de entrega de la chaqueta dorada en Canton en 1990,
“If I could start my life all over again, I would be a professional football player, and you damn well better believe I would be a Pittsburgh Steeler.«
El legendario Roberto Clemente admitió haber nacido dos veces, lean:
“In a way, I was born twice. I was born in 1934 and again in 1955 when I came to Pittsburgh. I am thankful to say that I lived two lives”
En fin, The Chief nos recordó:
“We are not America’s Team. We are the Pittsburgh Steelers”
























































































































