Hay que reconocer una cosa: los Pittsburgh Steelers han decidido que 2026 sea el año de hacer cosas, por fin, después de 19 años con Mike Tomlin, nos llega Mike McCarthy, Aaron Rodgers sigue siendo el quarterback titular, si, pero han cambiado muchas cosas en el día a día de los jugadores. Por fin han abierto las ventanas para ventilar un poco.
Aquí es donde entra una palabra que se ha puesto de moda últimamente y que, sinceramente, creo que describe bastante bien lo que necesitamos este año: aura. Hay gente que está obsesionada con farmear aura (farmear significa «acumular», me lo explicó Sergetus Jr el otro día), hacen cualquier cosa por conseguirla, una mirada, una celebración, entrar en una habitación con gafas de sol, decir una frase con seguridad… Los Steelers llevan años viviendo del aura de otros, la de Mean Joe Greene, Jack Lambert, Terry Bradshaw, Hines Ward, Troy Polamalu, James Harrison y todos aquellos animales que hicieron que jugar contra Pittsburgh fuera una experiencia parecida a declarar la guerra a un país pequeño. Pero esa aura no se puede seguir gastando eternamente, hay que producir aura nueva.
El ordenador que llevaba demasiado tiempo encendido
A veces pienso que los Steelers han sido como ese ordenador viejo que todos hemos tenido alguna vez, ese ordenador que compraste hace 15 años y que durante mucho tiempo funcionó perfectamente, al principio iba como un tiro, encendías Windows y en dos segundos estabas navegando, luego empezó a tardar un poco más, otro día se quedaba pensando, después abrías tres pestañas y parecía que estabas intentando ejecutar un programa de la NASA, pero seguía funcionando. “Bueno, tira”. Y tiraba. Así que no lo cambiabas, porque, oye, si funciona, no lo toques.
Y eso fue un poco lo que pasó con los Steelers, Tomlin llevaba años al mando y, aunque había señales evidentes de que algunas cosas no funcionaban como deberían, el equipo seguía tirando, diez victorias, otra temporada, otro playoff, otra eliminación y vuelta a empezar. Era ese ordenador que te decía: “No puedo instalar esta actualización porque no hay suficiente espacio”, y tú: “Me da igual, tira”. Hasta que un día ya tarda cuatro minutos en abrir el navegador y dices, “vale, igual hay que hacer algo”, pero en lugar de formatearlo decides probar todas esas soluciones milagrosas que aparecían en los foros de Internet de 2008, borrar archivos temporales, limpiar el registro, desinstalar programas que ni sabías que tenías, pasar el antivirus, rezar y, por supuesto, desfragmentar el disco duro.
Porque claro, ahí estaba el milagro, “vamos a desfragmentarlo y verás cómo vuelve a ir como nuevo”, y tú delante de la pantalla, viendo cómo aquel 3% se convierte lentamente en 4%, pensando: “Ahora sí, esta vez sí, después de esto va a volar”. Termina la desfragmentación, reinicias, esperas, Windows arranca y… sigue yendo como el culo. Eso es lo que hemos hecho durante demasiado tiempo con los Steelers, no hemos querido aceptar que quizá había llegado el momento de cambiar de sistema, hemos ido desfragmentando, un coordinador por aquí, un quarterback por allá, un receptor, un running back, otro coordinador, una pequeña actualización, un parche de seguridad, reiniciar el equipo y venga otra vez. Hasta que, finalmente, alguien ha mirado la torre y ha dicho: “Chicos, igual hay que formatear esto”.
Y ahí aparece Mike McCarthy. El nuevo entrenador no es una simple actualización, no es instalar Windows 11 sobre Windows 10 y esperar que todo funcione, es, en teoría, empezar de cero algunas cosas, cambiar procesos, cambiar hábitos, cambiar la manera de trabajar, cambiar la forma de entender el ataque, cambiar la preparación y, sobre todo, comprobar qué demonios tenemos realmente instalado dentro de este equipo. Porque quizá el ordenador no estaba roto, quizá llevaba demasiado tiempo lleno de mierda. Y ahora llega McCarthy con el pendrive en la mano. “Apártate, que esto lo arreglo yo”. Y nosotros mirando la pantalla: “¿Seguro?”. “Seguro”. “¿No deberíamos hacer una copia de seguridad?”. “Ya veremos”. “¿Y si perdemos todos los archivos?”. “Confía en mí”. Y entonces empieza la instalación, 12%, 37%, 68%, y aquí estamos todos, mirando, esperando, rezando, porque como esto funcione… se viene el aura.
En Latrobe ya no se hacen tackles, se farmea aura…
Porque eso es lo que hacen los chavales hoy en día en los parques. Antes salías a la calle, te remangabas, mirabas al otro y pensabas: “Venga, vamos a darnos de hostias”. Ahora no. Ahora se juntan cinco chavales, se ponen alrededor de uno, alguien saca el móvil y empieza el ritual: “Bro, haz algo para farmear aura”. Y el chaval se queda ahí, haciendo cualquier gilipollez mientras los demás le graban. Pues exactamente eso parece que quiere McCarthy.
Me imagino el training camp: “¡Vamos, T.J.! ¡Tienes que hacer un buen entrenamiento!”. “¿Placamos?”. “No”. “¿Golpeamos?”. “No”. “¿Entonces qué hacemos?”. “Aura”. “¿Cómo?”. “Aura”. Y T.J. Watt, con 120 kilos de mala hostia, mirando al entrenador sin entender absolutamente nada. “¿Qué coño es aura?”. “Es lo que hacen los chavales”. “Yo soy un linebacker”. “Ya no”.
Y mientras tanto, Cam Heyward intentando entender por qué lleva veinte años jugando al football para acabar haciendo poses delante de una cámara. Porque claro, los Steelers siempre han sido famosos por farmear otra cosa, farmear sacks, farmear golpes, farmear turnovers, farmear terror. Ahora toca farmear aura. Y reconozcámoslo, tiene sentido, si el objetivo es llegar sanos a septiembre, ¿para qué arriesgarse a darse de hostias en agosto? Mucho mejor salir al campo, mirar al rival, poner cara de pocos amigos, hacer un par de ejercicios y acumular +50 de aura.
T.J. Watt hace un sack imaginario: +100 aura. Joey Porter Jr. se cruza con un receptor y no le dice nada: +75 aura. DK Metcalf aparece con gafas de sol: +150 aura. Aaron Rodgers llega al entrenamiento caminando lentamente: +300 aura. Drew Allar lanza un touchdown en pretemporada: +500 aura y empieza la guerra civil en X.
Así que sí, quizá esta nueva etapa sea exactamente lo que necesitábamos, menos golpes en agosto, más aura, menos jugadores lesionados, más aura, menos tackles, más aura. Los Steelers han entendido perfectamente hacia dónde va la sociedad. Antes nos remangábamos y nos dábamos de hostias. Los tiempos cambian, y Pittsburgh también.
Aaron Rodgers sigue siendo el jefe
Y aquí hay que dejar una cosa clara, no tenemos un nuevo quarterback titular, el Ayahuascas sigue siendo el número uno, y la situación es bastante curiosa, tenemos entrenador nuevo, sistema nuevo, filosofía nueva, pero el señor que tiene que ejecutar todo esto tiene 42 años. Aaron Rodgers, el hombre que lleva tantos años jugando en la NFL que cuando llegó a la liga algunos de nuestros lectores todavía utilizaban Messenger.
Y aquí puede estar una de las claves de la temporada, porque si Rodgers está bien, los Steelers pueden ser muy peligrosos. No necesitamos al Rodgers de 2011, con que nos dé una versión razonablemente buena del Rodgers actual, ya podemos montar una fiesta. El problema es que cada partido de Rodgers puede convertirse en una caja de bombones de Forrest Gump, no sabes lo que te va a tocar, un domingo será “DIOS MÍO, RODGERS SIGUE SIENDO RODGERS”, al siguiente será “¿QUIÉN HA CAMBIADO A AARON RODGERS POR SU PADRE?” y al siguiente estaremos diciendo “NO IMPORTA, VAMOS A GANAR EL SUPER BOWL”.
No aprendemos. Nunca aprendemos.
Pero hay un pequeño problema… o quizá una solución.
Porque detrás de Rodgers tenemos juventud, y bastante. Drew Allar fue elegido en tercera ronda y ya ha enseñado cosas interesantes, Will Howard también está en la ecuación y Mason Rudolph aporta experiencia, así que McCarthy tiene opciones. Y esto me parece muy interesante porque, aunque Rodgers es el titular, Pittsburgh puede estar construyendo simultáneamente el futuro de la posición.
Y si Allar sigue progresando… bueno, entonces podemos empezar a farmear aura de verdad. Porque imagínate, Rodgers juega bien, la defensa funciona, Allar aprende, McCarthy encuentra un sistema que funciona, DK Metcalf empieza a recibir balones como si alguien hubiera descubierto que mide dos metros y corre una barbaridad y, de repente, estamos en noviembre diciendo: “¿Y si este año sí?”
No aprendemos. Nunca aprendemos.
El ataque, por favor, haz algo
Este es mi gran interrogante, soy de los pocos a los que la defensa le preocupa menos, Pittsburgh tiene jugadores capaces de marcar diferencias y una identidad defensiva que debería seguir siendo reconocible, pero el ataque… amigos, por favor.
No os pido una obra de arte, no quiero que el ataque sea el nuevo West Coast Offense de los 49ers, quiero que cuando estemos en tercer down y ocho no pueda adivinar toda la jugada desde el sofá. Quiero que el receptor corra hacia adelante, quiero que el quarterback tenga tiempo, quiero que DK Metcalf reciba el balón, quiero touchdowns, quiero que alguna vez lleguemos al descanso con más de 10 puntos y no tengamos que celebrarlo como si hubiéramos ganado la AFC.
Y aquí McCarthy tiene muchísimo trabajo, porque una de las razones por las que este cambio resulta tan interesante es que ahora vamos a descubrir qué puede hacer un entrenador diferente con las piezas que ya tenemos. Quizá el problema no era siempre el jugador, quizá había que hacer las cosas de otra manera, quizá McCarthy consigue que el ataque sea más eficiente, quizá consigue que Rodgers esté cómodo, quizá consigue que los jóvenes entren en el sistema, quizá consigue que Pittsburgh deje de vivir permanentemente al borde del infarto.
Aunque esta última no me la creo ni yo.
Quiero unos Steelers que vuelvan a dar miedo.
Quiero volver a mirar el calendario y pensar: “Uf, ese equipo tiene que venir a Pittsburgh”. Quiero que un rival vea a T.J. Watt alineado (no siempre en el mismo sitio… por favor) y diga: “Bueno, igual hoy no paso mucho tiempo en el pocket”, quiero que un receptor se encuentre con Joey Porter Jr. y piense que quizá debería haber escogido otra profesión, quiero que un quarterback rival llegue al cuarto cuarto y empiece a mirar el marcador con cara de: “¿Por qué coño acepté este trabajo?”
Eso es aura. Eso es Pittsburgh.
No quiero que nuestro destino sea “los Steelers siempre ganan ocho, nueve o diez partidos”, eso es ser funcionario. Y durante demasiado tiempo hemos sido eso, un equipo fiable, competitivo, pesado, molesto, pero no necesariamente aterrador. Yo quiero que McCarthy consiga que volvamos a ser ese equipo cabrón que nadie quiere ver en enero.
Y encima nos vamos a Francia
Como si todo lo anterior no fuera suficiente cambio, este año los Steelers se van de excursión a Francia, París, la Torre Eiffel, el Sena, los croissants, el vino y los Steelers. No sé quién tuvo la idea, pero después de 19 años con Tomlin, un entrenador nuevo, una nueva filosofía, cuatro quarterbacks y la decisión de que en el training camp no se hagan tackles, alguien debió pensar: “¿Sabéis qué nos falta?”. “¿Qué?”. “Francia”. Voilà.
Y la verdad es que me parece perfecto, porque si vamos a empezar una nueva etapa, qué mejor que hacerlo internacionalmente, hay que farmear aura en todos los continentes.
Además, tengo muchísima curiosidad por ver la reacción de los franceses ante los Steelers, imagino a un aficionado local llegando al estadio con su camiseta de Rodgers recién comprada, tranquilamente, esperando descubrir qué demonios es esto del football americano, primer cuarto: “Oh la la, qué interesante”, segundo cuarto: “Ah, estos tipos pegan bastante”, tercer cuarto: Rodgers lanza una intercepción absurda, la defensa recibe una penalización incomprensible y McCarthy pide un tiempo muerto que nadie entiende.
El francés mira al campo, mira a su acompañante, suspira y pronuncia las palabras que resumen perfectamente la experiencia de ser aficionado de los Steelers: “Putain merde.”
Y nosotros, desde la grada: “Bienvenido a Pittsburgh.”
Porque al final da igual que estemos en Madrid, Barcelona, Pittsburgh o Albacete, el sufrimiento es internacional, la ansiedad no conoce fronteras y la capacidad de los Steelers para complicar un partido que tenían controlado tampoco.
Así que sí, vamos a Francia, y quién sabe, quizá volvamos de París con una victoria, un récord mejorado y una cantidad obscena de aura internacional. O quizá perdamos de una forma completamente inexplicable y terminemos todos delante de la Torre Eiffel diciendo: “C’est pas possible”.
En cualquiera de los dos casos, al menos podremos decir que hemos vivido la experiencia Steelers. Y eso, amigos, no tiene traducción.
Mi predicción: 10-7
Sí, otra vez. Ya sé que parece que estoy copiando y pegando el récord de los últimos años, pero es que tampoco voy a poner 14-3 porque haya visto a Drew Allar lanzar media docena de touchdowns en pretemporada.
Tenemos un nuevo entrenador, tenemos un quarterback veterano de 42 años, tenemos jóvenes que pueden dar un salto enorme, tenemos una defensa que debería mantenernos competitivos, tenemos interrogantes en ataque y tenemos una AFC que no va a regalar absolutamente nada.
Y tenemos a los Steelers.
Por lo tanto, 10-7.
Playoffs.
Y a partir de ahí, que Dios reparta suerte. Porque si McCarthy consigue que Rodgers funcione, la defensa mantiene el nivel y alguno de los jóvenes da el salto que esperamos, Pittsburgh puede ser bastante más peligroso en enero de lo que muchos están pensando ahora mismo.
Y si no… pues lo de siempre. Llegaremos a diciembre con posibilidades matemáticas, ganaremos un partido absurdo, perderemos otro que parecía imposible perder, X se convertirá en una guerra civil, alguien pedirá la cabeza del coordinador, otro dirá que somos candidatos al Super Bowl y yo probablemente estaré escribiendo: “CONFÍO EN ESTE EQUIPO.”
Porque somos así.
No sé si los Steelers van a ganar el Super Bowl, no sé si Rodgers va a tener una última temporada gloriosa, no sé si Drew Allar será el quarterback del futuro, no sé si McCarthy va a convertirse en el entrenador que necesitábamos, no sé si el ataque va a funcionar.
Pero sí sé una cosa: esta temporada es diferente.
Por primera vez en muchísimo tiempo hay una auténtica sensación de cambio, no sabemos exactamente qué va a salir de todo esto y, sinceramente, me encanta. Porque quizá no necesitemos reconstruir Pittsburgh, quizá solo necesitábamos cambiar el chip, cambiar la voz, cambiar algunas ideas y recordar que los Steelers no tienen que ser simplemente un equipo que gana diez partidos.
Así que adelante, Mike McCarthy. Cambia lo que tengas que cambiar, ordena el ataque, cuida a Rodgers, desarrolla a los chavales, haz que DK Metcalf sea una pesadilla, haz que la defensa vuelva a ser una panda de hijos de puta competitivos y, por favor… devuélvenos el aura.
Eso sí, una última cosa.
McCarthy tiene ahora la oportunidad de demostrar que el problema no era que el ordenador estuviera viejo, sino que llevábamos demasiado tiempo utilizando los mismos programas.
Así que vamos a darle al botón de encendido.
Que arranque.
Que cargue todo.
Que no aparezca la pantalla azul de la muerte.
Y, sobre todo, que cuando llegue enero no tengamos que mirar otra vez el calendario y decir:
“Bueno… al menos hemos ganado diez partidos.”
Porque para eso ya tenemos experiencia de sobra.
Este año quiero saber si los Steelers han cambiado de verdad o simplemente hemos vuelto a desfragmentar el disco duro.
Y si después de todo resulta que no funciona., bueno…
Siempre nos quedará París.

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